LA COLUMNA DE
EDUARDO LAMAZÒN
EL PEOR AMIGO DEL PERRO
Por
2005© Eduardo Lamazón
Los animales y la naturaleza son poca cosa para el hombre cuando
el hombre es poca cosa.
Querer y respetar la vida es un privilegio de personas educadas,
porque labrar el amor requiere esfuerzo e inteligencia.
Los amantes de los perros, los que estamos persuadidos de que los
animales tienen derechos, nos debatimos en un mar de aguas
encrespadas por vencer la indiferencia y la crueldad, patrones
sempiternos del trato que el hombre les provee.
Promovemos la esterilización como el único medio incruento y
aséptico de control de la población canina en las ciudades porque
sabemos que casi todos los perros que nacen en el mundo vienen a
padecer un insondable sufrimiento.
Al mismo tiempo reprobamos la industria de las tiendas de
mascotas que venden animales, porque crean relaciones no amorosas
que se dan cuando la compra del animal es por un divertimento
pasajero. El niño, por ejemplo, que compra un perrito como se
compra un juguete de plástico, y que después, cuando el animal crece
o la familia sale de vacaciones, lo deja abandonado porque ya no lo
divierte o porque no puede cuidarlo. El que hace un comercio de
vender animales, si vende diez perros reproduce diez perros, si
vende cien perros reproduce cien perros.
Los perros que pueden adoptarse en los albergues tienen una sola
diferencia con los perros de las tiendas de mascotas, y es que
están sucios. Se bañan y ya está. Son tan maravillosos amigos y tan
cariñosos como el que trae un estúpido certificado que pretende
avalar su abolengo.
La grandeza de un hombre –la de usted o la mía, si acaso podemos
aspirar a alguna- está en ser bondadoso pudiendo ser malo, porque
ser bueno cuando se está acorralado o no se tiene posibilidad de
escoger, no tiene mérito. Ser piadoso con los seres física o
intelectualmente inferiores es un imperativo moral para el superior,
si no, no es superior. Es, al contrario, un esperpento de arrogancia
que pone a su especie, porque sí, por encima de las demás que
habitan el planeta.
Es ilógico e inmoral, es vergonzoso para nuestra especie que
siendo el perro el mejor amigo del hombre, sea el hombre el peor
amigo del perro.
La mayoría de los hombres torturan por crueldad, por
indiferencia, por ignorancia, por estupidez o por sádico placer a
casi todos los perros del mundo. Ninguna de estas actitudes son
adornos para quienes las ejercen. Suelen decir “al fin y al cabo es
sólo un animal”, expresión irreflexiva y rastrera con la que
descartan sin ver las cualidades del “sólo un animal”, y les niegan
derechos.
En estos tiempos difíciles para la bondad y para el optimismo,
tiempos de corazones avariciosos y espíritus devastados, suelen
decirme que es pueril hablar de perros que sufren.
“¿Por qué te preocupa el bienestar de los perros si hay tantos
niños hambrientos?”, es algo que escucho y escuchamos todos los
defensores de animales, cada día.
Se pretende que son dos problemas diferentes, uno los niños, otro
los perros. Yo creo que es un solo problema que se reduce a la
crisis del hombre y de los tiempos que vivimos. El planeta da
alimento para el niño y para el perro, pero no lo lleva a sus bocas.
Son sus padres y sus amos, sus gobernantes y sus pastores, sus
líderes y sus ilusionistas los que hacen mal reparto de los bienes y
de la justicia.
No sólo los perros y los niños necesitan ayuda y amor. Hay
ancianos, seres hambrientos, individuos enfermos, hombres tristes,
solitarios, encarcelados o adictos a las drogas que mendigan su
cuota de solidaridad. Y no es quitarle alimento a los perros para
darle a otros desamparados la solución milagrosa para todos los
males. Nada se va a solucionar en el mundo del egoísmo y la
perversidad mientras la conciencia de la humanidad no camine hacia
otros rumbos.
Nunca vi a un perro deambulando por las calles buscando a quién
morder, nunca vi a un león trasladándose desde la selva a quitarle
la vida a un ser humano de la ciudad, o a un toro buscando la plaza
y a un sujeto vestido “de luces” para embestirlo. Es el hombre el
que apalea al perro, lo amarra con cadenas, lo aísla y le niega el
agua, y después le dice “perro asesino” cuando el animal reacciona
defendiéndose.
La insobornable fidelidad del perro, que no conoce el más fiel de
los hombres, paga demasiado caro el mendrugo de amor que a veces
recibe.
Los perros aúllan su pena eterna, mientras los hombres torpes
hacen eterna la pena de vivir en la oscuridad. Pareciera que se
levantan cada mañana a buscar bienes, bienestar, recursos, pero todo
lo estropean. Han cambiado el amor por el dinero y el buen nombre
por el éxito. No respetan al río, al árbol, al perro, al vecino, al
amigo, y alguna que otra vez dicen que no comprenden por qué no hay
justicia, por qué no hay paz.
Desdichados perros. Desdichada humanidad.
2005© Eduardo
Lamazón